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09/06/2010
El Camino Largo
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Hay gente que vive en un mundo de sueños, y hay los que enfrentan el mundo real; y también están los que convierten uno en el otro. Douglas Everett, físico británico.

Si miramos una montaña alta y escarpada, podemos soñar con que estamos en su cima. Podemos imaginar el frío, el aire enrarecido, cómo se ve el mundo desde arriba. Con sólo cerrar los ojos, podemos decir a todos que desde esa altura las casas parecen de juguete y los lagos pequeños espejos.

Tal vez ignoremos que en las rocas más altas crece cierto tipo de musgo, que desde allí puede verse el mar a lo lejos o que algunas cabras se aventuran hasta la misma cúspide. Puede que eso no nos importe, y nos baste con jurar que hemos estado arriba. Pero tarde o temprano, alguien decidirá que quiere subir de verdad. Alguien se armará de valor, de voluntad. Reunirá algunas cuerdas, unos clavos con agujeros y un buen martillo. Meterá en una mochila un abrigo, una navaja y unas latas de comida. Se parará al pie de la pared rocosa mirando hacia lo alto, preguntándose si la empresa es posible, para luego comenzar hundiendo los dedos en alguna grieta y poniendo un pie en una saliente para impulsarse. No mirará hacia abajo para notar ese pequeño avance, pues su concentración estará en el paso siguiente, un poco más arriba.

Esta persona podrá tener éxito, o tal vez no; pero si no llega a la cima pronto lo hará otra persona igual, alguien con la humildad necesaria para entender que toda gran hazaña empieza con un sueño, pero se logra centímetro a centímetro.

Por siglos, el hombre soñó con volar. Las mitologías y leyendas están plagadas de personajes como Belerofonte con Pegaso, Ícaro y Dédalo, Odín con Sleipnir, hadas y ángeles; personajes magníficos sin duda alguna, pero cualquiera que se haya pasado diez minutos en un aeropuerto viendo despegar los aviones estará de acuerdo con que ninguno de estos prodigios se puede comparar con los hermanos Wright.

Boeing 747 cerca de la pista de aterrizaje en el aeropuerto Princess Juliana de Saint Maarten (via flickr.com)

Un Jumbo 747 es un edificio volador fabricado con más de 6 millones de partes; cuando despega cargado puede pesar más que 350 automóviles juntos, y sin embargo sigue siendo un avión con el mismo diseño básico que implementaron esos dos fabricantes de bicicletas en su taller, no mayor que un garage, a principios del siglo XX. Se interesaron por el tema del vuelo desde 1892, y trabajaron duro hasta conseguir el éxito en 1903.

Al principio lo intentaron solamente con planeadores, construyeron un rudimentario túnel de viento para probar diferentes perfiles de ala, experimentaron con una forma tras otra para el diseño de la hélice, probaron infinidad de materiales... Hasta  que un día, luego de cientos de fracasos, lograron armar un avión capaz de elevarse del suelo.

Tras ellos quedaban miles de años de hacer castillos en el aire, la magia de los soñadores y el trabajo incansable de quienes no se conforman con soñar, de los que saben que allí donde la magia falla, está siempre el tornillo, la cuerda, el lápiz y el sudor. Pocos días antes, el New York Times había publicado la opinión de que el hombre podría tardar más de un millón de años en lograr el vuelo, pero aquel 17 de diciembre de 1903 la historia quedó partida en dos.

Antes, las alfombras voladoras. Después... bueno, pasemos por el aeropuerto y miremos.

Si el pensamiento mágico empezó como una manera de explicar el universo, en la actualidad solamente puede calificarse como una forma de pereza. Alguien imagina un mejor estado de cosas, pero prefiere suponer que eso es posible solamente con deseos y conjuros en vez de poner manos a la obra. Si alguien soñó con una bola de cristal, hizo falta el trabajo de personas como Philo Farnsworth y Vladimir Zworykin para materializar la televisión o Arthur C. Clarke para los satélites de comunicaciones, y gracias a ellos podemos ver en directo lo que sucede al otro lado del planeta.

También hemos tenido visiones de curas milagrosas, de inválidos que de pronto caminan, ciegos que recuperan la vista y leprosos que superan sus problemas con un gesto de la mano. Mientras tanto, gente como Pasteur, Jenner, Fleming y Convit se encierran durante años en laboratorios para que no tengamos que esperar por milagros para curar nuestras afecciones, sino simplemente caminar a la farmacia.

Tras cada modesto logro de la medicina hay innumerables horas de probar, desechar y recomenzar, siempre experimentando para confirmar la efectividad de un fármaco. Es un camino más largo que el de los ensalmes y brebajes esotéricos, que los rituales o las curaciones por la fe, pero también consigue resultados mucho más confiables.

El pensamiento mágico está plagado de asociaciones simplistas, que reducen el mundo a una serie de símbolos que intentan facilitar su comprensión. El cuerno del rinoceronte, duro y erecto, se considera entonces una fuente de virilidad, ocasionando la persecución y casi extinción de esta especie.

La forma que nuestros antepasados asignaron a las agrupaciones de estrellas del firmamento pasaron también a tener propiedades mágicas, y si nacía un niño cuando el sol se encontraba en las inmediaciones de la constelación de Libra (la balanza), se pensaba entonces sería una persona muy equilibrada.

A la hora de buscar símbolos que les simplifiquen su imagen del universo, quienes cultivan el pensamiento mágico no se detienen a ponderar los hechos, como que el cuerno de un rinoceronte esté constituido de la misma sustancia que el cabello humano o que la constelación de Libra también podría parecer un elefante.

Son los amantes del camino corto. En cambio, estudiar las verdaderas relaciones espaciales entre los cuerpos celestes como lo hicieron William Herschel y Friedrich Bessel, quienes durante años hicieron observaciones y anotaciones detalladas para descubrir una forma de calcular las distancias a las estrellas, o emprender el estudio de los neurotransmisores y los mecanismos de control muscular del cuerpo humano hasta desembocar en los fármacos contra la disfunción eréctil que hoy conocemos, es la forma difícil de hacer las cosas.

Y también es la forma que funciona.

Quien no quiere complicarse la vida, puede suponer que el cuerpo humano está regido por un triángulo sistémico, como han planteado algunas personas en nuestro país, por unos «chakras» o por el Ying Yang, pero de nada sirve soñar con relaciones mágicas si no se está dispuesto a transitar el camino largo de las comprobaciones, de la rigurosidad y del descarte de los errores. Quien piensa en magia no se corrige; prefiere adaptar el mundo a sus teorías antes de agobiarse con el camino contrario, pero los hechos han demostrado que eso es efectivo solamente en la mente del interesado.

Los alquimistas soñaban con una piedra filosofal, un método para obtener oro a partir de otro elemento. Hicieron falta dos mil años de ciencia para lograr eso mediante el dominio de la mecánica cuántica. El camino comenzó tal vez en la Grecia antigua, con Demócrito y su idea de los átomos, pasó por Boyle, por Dalton, Mendeleyev y Rutherford, hasta llegar a la fisión nuclear y los aceleradores de partículas que permiten la conversión de unos elementos en otros.
No se hizo con el fin de producir oro, claro está, sino otros elementos con propiedades aún más interesantes... Pero se hizo.

Thomas Alva Edison, luego de no menos de tres mil teorías distintas y de haber probado más de 6000 materiales para el filamento de la bombilla eléctrica, finalmente logró una que funcionaba aceptablemente.

No será como la iluminación que, según el Génesis, creó Dios solamente con decir «Hágase la luz», pero al menos está en nuestras manos, la podemos controlar... Y no desaparece la mitad del tiempo.

En el mundo mágico de «Las Mil y Una Noches», Sherezada imaginó al joven Alí Babá diciendo: «Ábrete Sésamo», y una puerta encantada de roca comenzaba a moverse sola para despejar la entrada a la cueva del tesoro. En la actualidad es común la puerta automática, sólo que las palabras mágicas han sido sustituidas por un radiocontrol y un motor eléctrico. Es el producto de miles de años de desarrollo científico, incluyendo al transistor, que resultó del trabajo de al menos tres investigadores de primera línea (Bardeen, Brattain y Shockley) durante años enteros, a veces trabajando en equipo, otras encerrados en la soledad de un cuarto de hotel sin más compañía que papel y lápiz durante semanas.

De allí surgió un mundo diferente, lleno de televisores, computadoras y todo el trasfondo electrónico que nos sirve de soporte. Posiblemente carezca de la poesía del «Ábrete Sésamo» pero, como dice la frase publicitaria, «todo el mundo está invitado».

Una de las mayores ventajas del camino largo es que, una vez que alguien lo ha transitado, es como si toda la humanidad lo hubiera transitado también. Lo que un hombre descubre es la base de la que parten los demás.

El pensamiento mágico no funciona de esa manera. El astrólogo que predice un terremoto hoy en día no está en mejor posición que quien lo hizo hace dos mi años; el fiel que reza fervientemente y pide ayuda divina tampoco lo está, pero cualquier estudiante de primer año de universidad cuenta con más conocimientos matemáticos que un genio como Pitágoras, y hay niños de 10 años que podrían explicarle a Leonardo el defecto básico en el diseño de su helicóptero.
Esto es posible solamente porque otros antes que ellos han transitado el camino largo.

Si la fe mueve montañas o separa las aguas del mar es algo discutible, pero el Canal de Panamá y el túnel bajo el mar en la Mancha llevan años en operación.
¿Hay soberbia en el pensamiento científico? ¿O la hay en pretender abrir un camino en el mar o entre las montañas con sólo cerrar los ojos y concentrarse en un acto de fe? Pasar años sacando cada piedra y grano de arena como hormigas mientras se lucha contra el agua que lo inunda todo resulta más humilde, aunque los resultados sean milagrosos.

El camino largo lo apreciamos también en traspiés y en teorías equivocadas. Tolomeo con su heliocentrismo, el desastre del Challenger y la concepción errada de Lamarck sobre la evolución.

Es la miopía del telescopio espacial Hubble y también el Titanic. Cada nuevo desvío trae consigo un aprendizaje, por eso es largo el camino: es necesario aprender; un objetivo muy distinto del planteado por el conocimiento mágico, que tiende a rechazar la experiencia cotidiana.

Y es que aunque resulte obvio, hay que decirlo: Los caminos largos llevan más lejos.

Este artículo fue originalmente publicado en la Revista Lúcido Nro. 17, la cual puede ser leida en este enlace (archivo pdf).

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FUENTE

Jorge Araica - arev.wordpress.com
zz-AREV-Escepticos Venezuela



Comentarios
Pedro Cristini - 19/11/2010 - 10:38:00 PM
Excelente explicación

1 comentarios para este artículo.

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